El mito de Alejandra Pizarnik no para de crecer 50 años después de su muerte

Recuerdo y homenaje a la poeta argentina de versos herméticos donde afronta el duelo de la vida y la muerte, el miedo y el amor en obras como 'Árbol de Diana'. Sus diarios, censurados la mitad por su familia, son tan famosos como sus poemarios y su corta obra en prosa
La poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972). /Imagen tomada de Wikipedia
Winston Manrique Sabogal  13/12/2022

Al principio, Alejandra Pizarnik quería ser pintora. Y terminó convertida en un mito y leyenda que no para de crecer por versos como este:
“Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado / y mi corazón está loco / porque aúlla a la muerte / y sonríe detrás del viento / a mis delirios // Qué haré con el miedo /
Qué haré con el miedo”.

Hace mucho tiempo que Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936 – Buenos Aires 1972) dejó de ser una poeta para convertirse en mito tras su suicidio el 25 de septiembre de 1972. Tenía 36 años. Ya en vida, había algo de ese mito. Por sus poemas un tanto herméticos, pero que conectaban con la gente, por la fascinación que solía despertar en quienes la conocían, por el aura de misterio que rodeaba su vida personal y privada, y por las grietas de su psique que la llevaron al fondo de donde dijo que quería ir.

Con motivo del medio siglo de su decisión de muerte, el Taller de Poesía #LdeLírica, de Ámbito Cultural, recordó a la poeta, traductora y ensayista argentina. Gonzalo Escarpa, poeta y coordinador del ciclo, recorrió la vida de Alejandra Pizarnik con paradas donde lo personal se encuentra con la poesía, donde lo social se hace verso, donde la voz de los lectores la convierten en leyenda. Autora de poemarios como Árbol de Diana y la novela La condesa sangrienta, Pizarnik también es muy conocida por sus diarios y cartas.

 

Un misterio no resuelto

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Alejandra Pizarnik, en una imagen publicada en la web de homenaje que le rinde el Ministerio de Cultura de Argentina.

 

Una mujer compleja, escurridiza a la hora de estudiar, de personalidad quebradiza. De aquellas, según Escarpa, que suelen atraer a la gente porque las hace sentir cercanas ante la vulnerabilidad y fragilidad de expresan.

Amiga de Julio Cortázar y de Octavio Paz, desde niña coleccionaba pequeños lápices de colores que llevaba consigo y regalaba a quienes conocía. Una figura muy estudiada, pero a quien no se conoce de verdad, afirma Escarpa: “Hay aspectos no resueltos.
Incluso algunos psicólogos, tras analizar su obra, han llegado a decir que pudo haber sufrido abusos sexuales”.

Una mujer sostenida por su familia, que cargaba con varias inseguridades sobre sí misma, recuerda Escarpa: “Era tartamuda, tenía un acento ruso que no llegó a perderlo del todo, pues era hija de inmigrantes ucranio-judíos, era muy bajita, creía que estaba
gorda, sentía que tenía mucho acné, odiaba el sol, no quería tener plantas ni flores en su casa, mientras afrontaba diferentes depresiones y tragedias amorosas”.

Con 19 años, en 1955, publicó su primer poemario como una autoedición: La tierra más ajena. Ya conocía a Rimbaud y a Mallarmé. “Ojalá pudiera vivir solo en éxtasis”, escribió.

 

París, Cortázar y Paz

Viajó a París en 1960, donde trabajó en la revista Cuadernos y estudió en La Sorbona historia de las religiones y Literatura francesa.
Se hizo amiga de Julio Cortázar, a quien conoció después de que este publicara Rayuela, lo que no impidió que dijera que ella era La Maga, la protagonista de la novela, mientras Cortázar le seguía el juego, y no lo desmentía.

Su amistad con Octavio Paz hizo que el escritor mexicano escribiera el prólogo de Árbol de Diana, en 1962, y diera claves de su estilo y exaltara la honestidad y transparencia de su escritura. Un poemario a partir del cual su obra y figura se hicieron más conocidas. Tradujo a autores como Antonin Artaud, Marguerite Duras e Yves Bonnefoy.

 

Transgresión del lenguaje

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Regresó a Buenos Aires por la muerte de su padre. Poco después ingresó en un psiquiátrico. Es el tiempo en que su lenguaje cambió más. “Siente que está en una jaula y empieza a transgredirlo, a romper el sentido de sus versos, como se puede ver en títulos como la novela La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Llega a decir: ‘Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”, relata Gonzalo Escarpa.

Poco después, en 1965, publicó otro de sus libros más conocidos: Los trabajos y los días. Y en 1968, Extracción de la piedra de la locura y El infierno musical. Están claros dos temas fundamentales: la posibilidad de la locura y la idea del suicidio, explica Escarpa: “Vive sabiendo que en cualquier momento se va a quitar la vida. Una noche tuvo una sensación tan fuerte que, según escribió, se arrodilló y terminó diciendo que no la llevaran a donde siempre quiso ir”.

En Alejandra Pizarnik los deseos de vida y de muerte eran muy fuertes. En duelo eterno. “Sabe que quiere morir por el sufrimiento que siente, y, a la vez, quiere vivir. Son sus paradojas”, cuenta Gonzalo Escarpa. Llegó a escribir: “El más grande misterio de mi vida es este: por qué no me suicido. Es vano alegar mi pereza, mi miedo, mi distracción, tal vez por eso siento, cada noche, que me he olvidado algo”. La idea de suicidio la acecha.

Tras aquel periodo, incursionó en el teatro con Poseídos entre lilas (1969) y se adentró en la narrativa o en prosa poética con La condesa sangrienta, recreación de la vida de la condesa húngara Erzsébet Báthory de Ecsed (1560-1614) que, obsesionada por la belleza, asesinó a más de 600 mujeres jóvenes para bañarse en su sangre.


El juego de la ambigüedad

Un misterio no esclarecido del todo en la vida de Alejandra Pizarnik es el relacionado con su sexualidad. Unos dicen que fue lesbiana, otros que fue bisexual; lo cierto es que vivió con una fotógrafa: Marta Moya. Fue muy amiga de Silvina Ocampo, y en sus cartas juegan con la idea de que había algo más que amistad, señala Escarpa.

Sus diarios publicados no están completos, les falta la mitad. La familia de la poeta censuró todo lo relacionado con lo sexual, pues se dice que era promiscua. Otro apartado no autorizado tiene que ver con las referencias a otros escritores.

Tres días antes del suicidio Alejandra Pizarnik telefoneó a Silvina Ocampo, pero esta se negó a hablar con ella. El día del suicidio fue en busca del poeta, performer y dramaturgo Fernando Noy, que estaba de vacaciones.

Ese 25 de septiembre de 1972 Alejandra Pizarnik estaba de permiso del psiquiátrico. Fue el tercer intento de suicidio, lo logró con cincuenta pastillas. En el espejo de su habitación escribió: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”.

Alejandra Pizarnik, asegura Gonzalo Escarpa, solo vive cuando escribe, y si deja el soliloquio sufre: “Alguien decía que los poetas descienden al infierno para que no tengamos que hacerlo nosotros”.

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