Ponga un espía (clásico) en su vida

Cuando escribes una novela, sobre todo si tiene lugar en otra época y otro lugar, siempre hay alguien que te dice: “Pero habrás tenido que leer mucho.
Gervasio Posadas  22/08/2021

Cuando escribes una novela, sobre todo si tiene lugar en otra época y otro lugar, siempre hay alguien que te dice: “Pero habrás tenido que leer mucho, ¿no?”. Lo comentan como si fuera algo terrible, un trabajo hercúleo y desagradable, cuando, en realidad, la documentación y la búsqueda de referentes son una de las partes más divertidas del proceso creativo. Otra de las peculiaridades de este proceso es como el tono y el fondo de la narración se transforma a medida que vas escribiendo. Por ejemplo, mi última novela, El mercader de la muerte, empezó en un momento determinado, y sin yo proponérmelo, a adquirir muchos rasgos de una historia de espías. Como cada género tiene sus peculiaridades, sus resortes mágicos, y como no hay nada peor que intentar inventar la rueda cuando ya la han descubierto otros, me puse a leer novelas de espionaje, todas las que pude, buenas, malas o regulares. Mi novela tiene lugar en los años treinta, así que me centré en las que se desarrollan en, por así decirlo, en la época analógica y obvié aquellas en las que los agentes se valen de distintos cachivaches electrónicos para llevar a cabo sus misiones. De esta forma, he llegado a construir una selección de títulos clásicos que me gustaría compartir con todos ustedes.

Los precursores:

Son los que sientan las bases de la novela de espionaje actual, los pioneros de un género que nace a finales del siglo XIX. Muchos mencionarían en este apartado a Kim, pero en mi opinión la célebre novela de Kipling, un básico de cualquier biblioteca juvenil de hace algunas décadas, es más bien un relato de aventuras. Además, esta lista es mía y para gustos se hicieron los colores. El título que yo recomendaría de esta época pionera es El agente secreto. No es el mejor libro de Joseph Conrad, pero retrata bien esos años de conspiraciones anarquistas azuzadas por los distintos gobiernos europeos contra sus enemigos. Engaños dobles y triples en los que los servicios secretos anticipan los bandos de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la más novela más original de esa época es El hombre que fue jueves, una delirante obra de Chesterton que anticipa muchos elementos del surrealismo onírico y que, al mismo tiempo, contiene una poderosa crítica social.

La consolidación:

Las novelas de espionaje se ponen de moda tras la guerra de 1914, el primer gran conflicto en el que los servicios secretos tienen un papel fundamental informando y desinformando. Como era de esperar, la primera obra de referencia sale de la mano de un antiguo espía que además es un gran escritor: Somerset Maugham. Ashenden y el agente secreto nos desvela los misterios del mundo del espionaje como solo podía hacerlo alguien que había trabajado en los servicios de inteligencia británicos. Muy recomendable para los que no conozcan a este autor, últimamente algo olvidado. Más desconocido aun en España es el maestro de las novelas de este género en los años treinta, Eric Ambler. Firmemente antifascista, Ambler introduce una sobriedad de estilo que permite al lector usar la imaginación para recrear los sórdidos entresijos de la Europa de entreguerras.  Su obra más celebre en el mundo anglosajón es La máscara de Dimitrios, pero la que para mi contiene todos los elementos de una buena novela de este tipo es Epitafio para un espía. Todo sucede en un pequeño hotel en la Costa azul francesa, un entorno casi tan claustrofóbico como el que vivimos en los últimos tiempos.

La guerra fría

La rivalidad entre la Unión Soviética y Los Estados Unidos supuso una mina para los autores de novelas de espionaje y se escribieron toneladas de ellas. Yo me quedo con dos de ellas, aunque mi favorita es El americano tranquilo (o impasible, según las versiones), la mejor de las novelas de espionaje que he leído hasta ahora. A pesar de que el propio Graham Greene la consideraba un divertimento, el autor no intenta jugar con el lector, sino que le acompaña con suavidad en una aventura envuelta en el humo del opio donde descubrimos que la humanidad no es buena ni mala sino simplemente estúpida. En cuanto a El espía que surgió del frio, de John Le Carré, es una visión amarga y descarnada de la vida de los agentes, muy alejada del glamur falso de otros autores.

En los últimos años hemos visto un revival, con mayor o menor fortuna, de la novela clásica de espionaje de la mano de autores como Philip Kerr, John Banville, Ian McEwan o Arturo Pérez Reverte, lo cual demuestra que el tiempo y el espacio no son ninguna barrera para los lectores y que no son necesarios hackers, virus informáticos ni drones para mantenernos en vilo. Y es que una vez que metemos un espía de sombrero ala ancha y gabardina oscura en nuestra vida, es difícil sacarlo.

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