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Ganarles la batalla

Guillermo Aguirre

martes, 17 de julio de 2012 - 00:00
Ganarles la batalla

Guillermo Aguirre

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela. "Electrónica para Clara" (2010) es su primera novela publicada. Ha trabajado para diversas editoriales

El enfrentamiento a los históricos de la literatura por parte de un lector habitual y, sobre todo, en la juventud de éste último, nunca se desenvuelve en un terreno neutral. Es una lucha desigual en cuyo horizonte suenan todos los ecos establecidos por los cánones, las reseñas, el aparato crítico y el peso de la historia. La espada del aplaudido autor siempre es demasiado grande y el lector generalmente y, frente a la magna obra, tan sólo tiene en su mano un bolígrafo inútil y diminuto con el que subrayar las mejores frases del combate que, de manera habitual, se le antojan o bien magníficas o bien incomprensibles.

Hacen falta años de batalla y derrota para eliminar el peso residual de magnificencia que ha quedado acordado (colgante como un pendón) en obras como el balbuciente Ruido y la Furia, los sexualmente correosos "Trópicos", el herrumbroso avanzar Benetiano de las lanzas o la críptica disparidad de sentido de la V. vuelta del revés y del derecho de la máquina de hacer páginas de Pynchon. Se hace en estos casos necesaria una educación lectora (más cercana al placer individual) y una paralela desmitificación de los autores que te lleve a alguna revelación en el campo de batalla (repentinamente los verás con sus armaduras brillantes zarandeando de lado a lado las herramientas de su lucha contra un enemigo invisible, un tanto absurdos, coronando lo alto de la dorada colina en la que se tumban las musas) y entonces te dirás: "de acuerdo, ya basta: son genios de la espada pero no tanto por su hábil manejo si no por el acertado estoque que, de vez en vez, hace sangrar la herida en medio de tanta paja."

Y sin embargo es de apuntar que la genialidad no les viene de nacimiento, que no es sangre azul lo que corre por sus venas: se trata en todos los casos de una genialidad al Cervantino y Quijotesco uso, proceso de una loca inmersión en sus propias obsesiones narrativas y, en algunos casos, sólo dada a través de la mullida atención y seguridad que proporciona cierto reconocimiento.

Antes de las grandes batallas hubo escaramuzas y más de una derrota ("fracasa otra vez, fracasa de nuevo, fracasa mejor"). Recuerdo ahora una edición casi irrecuperable de unos textos de Faulkner reunidos en un volumen titulado Historias de Nueva Orleans. Ahora sé que aquellos textos salieron a la luz sin que el autor quisiera, debidos a una antigua deuda contraída con un diminuto imprentero (un error de juventud) que el autor pagó años más tarde en madurez cuando era ya coloso y rampante entre las grandes editoriales. Se trata de una serie de retratos de diferentes personajes que, según impresión del autor, abundaban en la ciudad de Nueva Orleans allá por sus años mozos; el judío rico que arrastra su cultura como un arcón lleno de tesoros, el esmerado estibador de carga que es más parecido a la hormiga, el policía criado en libertad bajo el sol como un potrillo o el zapatero tan trabajador como el embustero y el pillo o el mocoso mozo de carretas. Una serie de "casi" cuadros de costumbres en donde prima un estilo por demasiado elaborado, torpe, faltos de historia y trama dramática y que sólo sirven para mostrar de modo perfecto una época en la que el escritor afila y vela más la espada de lo que la usa (pues a menudo teme cortarse con ella).

En la necesaria caída del mito que debe darse para que la batalla sea equilibrada y la novela en cuestión pierda su canónica seguridad, esto es: en la necesaria desvinculación del texto y el autor de la Historia de la Literatura (para obtener una lectura más libre) volúmenes de juventud como estas Historias de Nueva Orleans, sirven en modo sumo para recordarnos que hay un ser humano bajo el supuesto genio, que bajo tanta armadura alguien duda, tiembla y se esfuerza en su oficio y puede ser herido en las carnes como todo hijo de vecino.

A éste uso y contra el susodicho Dios sureño Faulkner (que tanto nos gusta en este pueblo) sirven muy a bien sus Cartas Escogidas, recientemente editadas por Alfaguara con motivo de alguna clase de aniversario o celebración del que ya se ha debido de hablar en ésta página. Casi un extracto de cuentas bancarias, peticiones, ruegos, despistes y favores pedidos que ocupan 611 páginas y en las que la persona que asoma constantemente del texto resulta de una pobreza espiritual terriblemente cercana a la frialdad y la psicología esquemática del número. Desconozco si acaso se trate de la selección del editor que ha centrado su suerte en la aritmética del contrato o si Faulkner vivía exclusivamente de cara a las ganancias, perdidas y preocupaciones monetarias (sin ser especialmente pobre, siendo más bien derrochador y malo en sus gestiones) pero la visión del conjunto nos ofrece a un sujeto exento de poética y de ese gusto que se le presupone a un autor por "observar a los demás". Siquiera el sur aparece a la lo largo de las cartas por lo que uno acaba por pensar que el sur de Faulkner es una gran mentira, un espacio en el que saldar pequeñas alucinaciones personales. Su celo por no mostrar la más mínima noticia sobre su mujer, su pueblo, su entorno o su vida privada lo convierte en un sujeto que parece exento de ésta última, tan sólo preocupado en sus propios textos y en el dinero que estos puedan producir: la única visión de cierta sentimentalidad la encontramos al inicio del volumen, en dónde un ingenuo autor relata sus días en París a su madre con una ensoñación casi digna de aquel romántico que cree estar viviendo esa pobreza del escritor tan a la moda. Su falta de palabras a amigos u otros escritores nos alerta sobre una personalidad incapaz para la amistad, de compleja doblez y de trato difícil, un poco como el Schultz del cuento de navidad pero a la rústica sureña.

Así que, a través de estas cartas, el intocable soldado y el reconocido hombre de armas va siendo despojado de su armadura y vencido una y otra vez por toda suerte de molinos de viento de aspas tristes que él mismo parece ponerse en el sendero. Uno presiente que le va quedando grande la espada, que acaso lo que parecía oro no es más que metal tintado, que la loma, la luz y la batalla no son si no una recreación, un espejismo de insensata elevación, la formación imaginaria en la que se sostiene una obra igual de dudosa que la de cualquiera, igual de esforzada, igual de acertada o de fallida. Y es entonces que el lector ingenuo y sentimental cree haber ganado la batalla, haber vencido al autor tras la obra y torcido así el gesto del volumen: haber desenterrado la raíz del genio. Pero es falso porque la caída del mito tiene el doble filo de eliminar la metafórica batalla de la ecuación: si Faulkner no es ya un semidiós y un soldado armado caballero ya no hay batalla en sí ni el lector es tampoco aguerrido infante y a un lado y otro de la obra sólo quedan dos hombres: uno que lee e intenta comprender y otro que escribe y pretende ser comprendido. No existe un modo mejor que una correspondencia para eliminar al autor de la obra, un modo mejor de matar al "padre literario".

 
Ganarles la batalla


"Se trata de una genialidad al Cervantino y Quijotesco uso, proceso de una loca inmersión en sus propias obsesiones narrativas y, en algunos casos, sólo dada a través de la mullida atención y seguridad que proporciona cierto reconocimiento."


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Cartas escogidas

Cartas escogidas

  • Autor: William Faulkner
  • Editorial: Alfaguara
  • Año de edición: Junio/2012
  • Número de páginas: 661
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