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Mata gigantes

Rubén Sáez

08/09/2009

En las artes escénicas, la medida de la grandeza ha venido siempre de la mano del más asombroso de los autores, un inglés isabelino que, si atendemos al relato de los expertos, escribía sus tragedias en apenas unos días, inventando palabras para una lengua de la que es padre y madre por los siglos de los siglos.

El pequeño Wiliam, del que se ha llegado a decir que es una invención de los expertos, es el Gargantúa de los directores, las compañías y los actores. Y entre todas sus obras, quizá no haya ninguna tan odiosamente difícil como Tito Andrónico, el último reto abordado por la hiperactiva compañía de Andrés Lima, la misma que con su intensa escenificación de Marat Sade consiguió devolver al teatro español una energía y una capacidad de epatar casi de otro tiempo. Heredera inevitable de aquella mítica representación encabezada por Adolfo Marsillach, el Marat de Animalario conseguía retrotraernos a un teatro casi perdido, el que aúna ceremonia y desenfado, reflexión y escándalo, catarsis y desasosiego. La orgía cibelina de aquel Sade interpretado por Alberto San Juan es uno de los grandes momentos del teatro en España.

Pero he aquí que la ambición de Animalario se ha encontrado con un reto imposible. El Andrónico shakespeariano es una obra extraña, de ritmo cambiante y trama confusa, cuyo mensaje se distancia de las grandes obras del autor de Warwickshire. La senilidad del general Tito, paradigma de su pantagruélica locura, aparece como la escenificación del poder, un poder caracterizado por su inevitable decadencia y por las aspiraciones cainitas de unos personajes que viven por y para el desenfreno. Se ha especulado con que Tito Andrónico no es, en realidad, una obra de Shakespeare, seguramente por los excesos compositivos de un texto que se aleja demasiado de los cánones del teatro isabelino. En todo caso, eso no quita para que la puesta en acto de este texto deficiente se convierta, en manos de Animalario, en una caricatura de lo que consiguieron en algunos de sus rotundos aciertos (Marat, Hammelin).

Empezando por un escenario colosal que impedía oír a los actores con suficiente claridad, y pasando por la insegura dicción de casi todos los actores, el mayor fracaso de este Tito Andrónico está quizá en la pobre aunque esforzada caracterización a cargo de Alberto San Juan, probablemente el mejor actor de teatro del momento (con permiso de José Luís Gómez) pero al que le falta voz y presencia para dar vida a un personaje que precisa de una rotundidad de la que aquél carece. Su titubeante puesta en acto, ese Tito atrabiliario y renqueante hasta en la forma de hablar, es una elección del casi siempre astuto Andrés Lima con la que parece pretender marcar el tono de la obra a partir de los tropiezos, la tartamudez y el desamparo de la (literal) desnudez de su actor principal. Pero lo que en Marat era un sincero desafío a las tripas y la conciencia del espectador se convierte aquí en farsa y titubeo; la energía libertaria de aquel Marqués de Sade antológico, en la insulsa y aburrida pose de un Tito Andrónico descafeinado y perdido entre el difícil baile de nombres y personajes de la trama. Hay, también, un hecho que no por repetido deja de ser preocupante: la dicción de nuestros actores a la hora de enfrentarse a un texto clásico en verso. Esta carencia, cuyas razones se me escapan, es detectable en casi cada escenificación de nuestro teatro del Siglo de Oro, pero se acentúa aún más ante las obras isabelinas. Parece haberse olvidado que en ellas, como en aquél, el verso no es un mero ornamento del mensaje, sino el mensaje mismo, y acometer los versos impostando las pausas donde no deben hacerse impide que los espectadores se impliquen en lo que escuchan, porque apenas llegan a entender nada.

Es probable que este proyecto de Animalario, un encargo del festival clásico de Mérida, haya sido de concepción apresurada, y algo tendrá que ver la hiperactiva actividad de la compañía que, en apenas un año, se ha embarcado en dos proyectos diferentes (junto a aquel Urtain de producción propia y contradictorio resultado). Cualquier obra de Shakespeare necesita ser digerida con tiempo, pulirse hasta encontrase con las aristas de su certero lenguaje, y aquí parece haber faltado tiempo y visión, la misma que hace unos meses permitió que una joven compañía inglesa recibiese una de las mayores ovaciones que recuerdo en el Teatro Español por su interpretación de otra obra casi desconocida del maestro William, Cymbelín, una representación -aquella- que acabó por convertirse, en apenas tres sesiones en su idioma original, en ejemplo y acicate para todos los jóvenes actores que acudieron en manada a absorber en apenas dos horas las enseñanzas de un grupo de cómicos que, con audacia, mucho humor y, sobre todo, sin retóricas, pasaron por la capital ofreciendo, como quien no quiere la cosa, una auténtica, sentida y refrescante, clase magistral.

Mata gigantes

"Heredera inevitable de aquella mítica representación encabezada por Adolfo Marsillach, el Marat de Animalario conseguía retrotraernos a un teatro casi perdido, el que aúna ceremonia y desenfado, reflexión y escándalo, catarsis y desasosiego."

"Lo que en Marat era un sincero desafío a las tripas y la conciencia del espectador se convierte aquí en farsa y titubeo; la energía libertaria de aquel Marqués de Sade antológico, en la insulsa y aburrida pose de un Tito Andrónico descafeinado y perdido entre el difícil baile de nombres y personajes de la trama."

Enlaces de interés

Shakespeare: la invención de los humano

  • Autor: Harold Bloom
  • Editorial: Anagrama
  • Nº páginas: 862
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