David Moreno García-Arisco -
27/06/2012Ha muerto la cultura, ¡larga vida al espectáculo! En este ensayo, el último premio nobel de literatura repasa de manera apocalíptica las estructuras de una civilización que, desautorizada la élite cultural que la ha guidado hasta ahora, queda a merced de unas masas que parecen llevarla hacia su ocaso.
Existe, dicen los psicólogos, un mecanismo de nuestra memoria que maquilla los acontecimientos pasados y los proyecta de manera más positiva cuando los recordamos. Es, digamos, como una interpretación de la realidad más conforme a nuestros propios intereses y, de ahí que, muchas veces, cualquier tiempo pasado nos parezca mejor.
Éste es el espectro que le persigue a uno mientras lee La civilización del espectáculo (Ed. Alfaguara), el último libro de Vargas Llosa. El Premio Nobel de Literatura realiza en este ensayo un análisis de la sociedad de nuestro tiempo para concluir que la civilización moderna ha acabado con la Cultura (así, con mayúsculas) para dar paso a la impostura del espectáculo.
Nuestro declive comienza, según el autor, en la mítica fecha de Mayo del 68, momento en el que comienza a cuestionarse la legitimidad de una supuesta élite cultural que ha permitido el desarrollo de la civilización hasta nuestros días. La democratización de la cultura ha producido una banalización de la misma. La supuesta liberación cultural que trae consigo el movimiento posmodernista que se inicia bajo la influencia del mayo francés no es otra cosa que la destrucción del canon, del estudio y, con ello, del buen gusto. El público, "que carece de defensas intelectuales para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima", está expuesto a un espectáculo que "no pretende trascender, durar, seguir vivo en las generaciones futuras". Esta nueva forma de no-cultura sólo genera productos concebidos para ser consumidos al instante y desaparecer: "La banalización lúdica de la cultura imperante, en la que el valor supremo es divertirse y divertir, por encima de toda otra forma de conocimiento o ideal".
Internet es, sin duda, uno de los demonios de nuestro tiempo para el autor. Pese a la utilidad de esta herramienta y el reconocimiento de que hoy estamos mejor informados que nunca, la red parece desconectarnos y distanciarnos cada vez más del mundo. No al modo en que Bertolt Brecht quería, dice el premio Nobel, que lo estuviera el espectador - para educar su razón y hacerlo tomar conciencia moral y política - sino "convirtiendo al televidente en un mero espectador y, al mundo, en un vasto teatro o en un reality show enormemente entretenido, donde a veces nos invaden los marcianos, se revelan intimidades picantes de las personas y, a veces se descubren las tumbas colectivas de los bosnios sacrificados de Srebrenica". Dice Vargas Llosa que la información audiovisual es llamativa y superficial, que nos hace ver las historias como ficción, apartándonos, distanciándonos de ellas, condenándonos a una "pasiva receptividad, atonía moral y anomia psicológica en que suelen ponernos las ficciones cuyo único propósito es entretener". Internet está cambiando el lenguaje, ya que "los medios, no son nunca meros vehículos de un contenido, sino que ejercen una solapada influencia y, a largo plazo modifican la manera de pensar y actuar". Vargas Llosa, cita a Joe O'Shea, filósofo de la Universidad de Florida, quien opina que "sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la web".
El desprestigio de la política, el papel de la religión en nuestros días, o el enaltecimiento de la pornografía que "ha vaciado el contenido de un acto sexual que, para muchos se ha convertido en un deporte que no tiene más importancia, y acaso menos, que un partido de fútbol", son las otras cruzadas generadoras de los argumentos más pesimistas del premio nobel.
En poco más de doscientas páginas se desarrolla una especie de teoría apocalíptica que anticipa el fin de la civilización tal y como la conocemos. La maestría de su prosa y la claridad en la exposición nos lleva como encantados del inicio al fin del relato, pero la sensación que le queda a uno cuando acaba el libro es que acaba de presenciar un mitin. Vargas Llosa razona como aquel profesor que un día nos alertó contra los peligros de la democracia.
- ¿Quién debe pilotar un avión, quién está cualificado técnicamente para ello o aquel a quien ha elegido una cierta mayoría?
Esta pregunta, aparte de capciosa, esconde un miedo: La civilización del espectáculo sería un gran ensayo si de él no traspirase cierto temor a los nuevos tiempos. Criticar el arte postmoderno puede que, hoy en día, sea como dar el último puntapié a un rival que yace en el suelo. Condenar la pornografía, la promiscuidad o la exhibición sexual, no parece demasiado trascendente. El verdadero fantasma que parece incomodar a esas élites intelectuales garantes de la cultura casi por mandato divino es la democratización que ha producido internet. Ahora muchos pueden descargarse online un curso a distancia de aviador y los del sindicato de pilotos no paran de tentarse la ropa. Que la red haya cambiado la manera de comunicarnos en el mundo es una realidad irrefutable, pero la manera en la que lo va a hacer está muy lejos de ser definida. Es por ello que el establishment cultural parece ponerse nervioso.
La crítica de Vargas Llosa no solo es atinada sino que es pertinente, las soluciones, sin embargo, resultan obsoletas. La permisividad canónica en el arte ha derivado en un empobrecimiento de la producción cultural; la introducción masiva de internet nos impermeabiliza frente a las injusticias remotas y nos aleja del vecino cercano. Aun así, demonizar unas estructuras que han producido el mayor índice de alfabetización de todos los tiempos, no parece demasiado coherente. Ya reconoce el autor que la cultura no es un asunto cuantitativo sino cualitativo, pero resulta paradójico observar a este gran defensor de las teorías económicas liberales echándose las manos a la cabeza por la deriva intelectual a la que, en su opinión, se dirige esta nueva cultura de masas.
Alguien ha pegado una patada al tablero y a las piezas de este ajedrez no les queda más remedio que volver a luchar por su trinchera. A algunos peones esta nueva estructura les ha dejado muy cerca del recuadro donde se convierten en reinas. Al Rey, perezoso en sus movimientos, parece que el nuevo orden le ha cogido con el paso cambiado. Los nostálgicos no tienen cabida en la partida. Como alguien me dijo un día, cualquier tiempo pasado, tan sólo fue anterior.