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miércoles, 01 de julio de 2015 - 08:31

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Miradas a contraluz

ENTREVISTADOR:César González Álvaro / Rubén Sáez

Madrid 08 de febrero
Miradas a contraluz

Sara Rosenberg

Novelista, poeta y dramaturga, Sara Rosenberg es una de las voces más interesantes del actual panorama literario.


Mis personajes no son más que eso, civiles, ciudadanos. Viven las consecuencias de uno de los tantos genocidios realizados por el gran capital.


Creo que la prosa es plástica, visual. Narrar es mostrar. Pienso en Kafka, en Chejov, en Cheever, en Faulkner, en Onetti, y en sus atmósferas, tan poco descriptivas y sin embargo tan visibles.


Narrada con una prosa poética, directa y, ante todo, muy plástica, Contraluz no deja un solo segundo de respiro al lector, a la vez que le invita a reflexionar en cada momento acerca de lo que está sucediendo. Intriga y tensión están aseguradas.

ÁMBITO CULTURAL: Contraluz es un libro atípico. Por una parte, juega con elementos provenientes de la novela negra y, por otra, se trata de una obra no exenta de lirismo, sobre todo cuando el narrador nos muestra los razonamientos de los personajes. En cualquier caso, esta unión funciona a la perfección. ¿Es deliberado? ¿Cómo lo ha logrado?

SARA ROSENBERG: Siempre prefiero apartarme de las definiciones de género y escribir con libertad. Me he preguntado muchas veces si Crimen y castigo de Dostoievsky es una novela negra, hay un crimen, claro, también hay un crimen en El extranjero, de Camus, y en tantas otras hermosas novelas, pero, no creo que la presencia de la muerte o del crimen determinen que sean novelas negras.

Me gusta suponer que cuando los griegos se saludaban diciendo "hola, querido mortal", estaban afirmando y celebrando la vida. La muerte y el crimen son un elemento constante en nuestravida, y la civilización -occidental y cristiana- que fue capaz de inventar entre otras muchas cosas la muerte industrial, es la que nos ha tocado vivir. Sabemos que la víctima principal de las guerras del siglo XX y del siglo XXI, fue y sigue siendo la población civil. Esa constante necesidad de exterminar para conquistar y hacer negocios, esencial para la supervivencia del sistema capitalista, siempre me preocupa. Formamos parte de un sistema económico y social muy injusto.

Mis personajes no son más que eso, civiles, ciudadanos. Viven las consecuencias de uno de los tantos genocidios realizados por el gran capital, pero como son mortales, aman la vida y luchan para sobrevivir. Nada que ver con el héroe poderoso capaz de vencer al dragón gracias a la ayuda de un mago. Son gente común, librada a sus propias contradicciones y a sus medios de resistencia. Quizás de ese lugar proviene lo que llamamos lirismo, o compasión, una actitud importante dentro de la literatura clásica, desde la tragedia griega hasta nuestros días.

Más que de novela negra yo hablaría de novela política, y no es mi culpa si al analizar nuestro tiempo, a veces se me torna oscuro. Como cualquier ser humano, no soy ni puedo ser neutral. Pregunto por las razones que hacen que la singularidad, encarnada en el personaje, responda de diversas maneras a esa situación.

AC: Además de autora de novelas y obras de teatro, también ha escrito cuentos y poesía. ¿Con que género se encuentra más cómoda?

SR: Me gusta escribir. Si no escribo es como si las cosas no sucedieran. Es una necesidad. Cada tema -y cada necesidad distinta- encuentra una forma.

El teatro es fantástico porque es palabra en acción, comparte con la poesía la palabra exacta, el tono, el movimiento, la potencia de la imagen y hasta el color. En la novela y el cuento, en la prosa, sucede lo mismo, de otra manera. Si la poesía es como un solo, en otros géneros cada instrumento debe estar igual de bien afinado para que las múltiples voces encuentren su armonía. El narrador es como un titiritero, capaz de encontrar el escondite perfecto desde donde acompañar -y mover- a sus criaturas. Cada género tieneun grado de aparición y desaparición, es un gran juego.

No me obligo a escoger el género. La imagen detonante -o el tema- es quien elige por mí. Entonces, y trato de ser fiel a ese impulso, me siento cómoda en lo que escribo.

AC: Griselda y Checo protagonizan una historia en la que aparecen un buen número de temas como el teatro, la locura, el crimen y, sobre todo, la corrupción de la clase política, algo, al menos en Occidente, cada vez más común. ¿Esperanza o resignación?

SR: La imagen de la tela de araña con sus cruzamientos -caos y geometría, azar y necesidad-, me parece muy útil para entender como se cruzan también los temas que trato. Hay una gran red y al mismo tiempo cada sector de esa red remite al otro en una especie de movimiento constante entre el centro y los bordes. Ningún tema está desligado de la acción y de la función de esa red. La novela como género permite este tipo de tejido complejo, abierto en muchas direcciones pero con un centro fundamental, que lo soporta.

Griselda, Checo, son hilos de la red, incluso hay un momento en que lo digo, lo dice ella, al pensar que el hombre araña es más coherente con el orden natural -al menos vuela gracias a su propia baba, nos dice- que los superhéroes que usan capas de plástico.

Decía Kafka que la esperanza pertenece a los desesperados. Y yo lo suscribo.

AC: Casi al final de la novela, Griselda apunta en un cuaderno que "la luz es demasiado intensa, a ciertas horas del día borra las esquinas y la forma sencilla de las cosas: es luz de vigilancia, y me obliga a mirar a contraluz…". Parece decirnos que mirar así la realidad, a contraluz, es la única manera de tener una cierta visión objetiva y profunda de lo que sucede al alrededor. ¿Comparte la opinión del personaje? ¿Demasiada "luz" impide ver lo que hay detrás?

SR: Es difícil o poco útil explicar las metáforas. La luz, a lo largo de la novela es una constante.

La verdad luminosa de una pantalla de televisión es un gran narcótico. El parque temático, la espectacularidad de una campaña presidencial o de un show, dan igual, los millones de kilowatios gastados para contarnos guerras que son sólo luces lejanas y no cuerpos humanos, la vigilancia constante, no han podido ocultar ni resolver los problemas básicos de nuestra tierra. El hambre, la miseria de millones. Con tanto dispendio en ver el árbol -un pobre árbol de navidad-, se pierde de vista el bosque.

Sin embargo, no podrán engañarnos mientras seamos capaces de dudar y de imaginar otras posibilidades de vida. Seguramente mucho más humanas, y menos necesitadas de espectáculos para disfrazar los hechos y provocar esa especie de sopor nihilista tan común en los tiempos que corren.

Eso le sucede a Griselda, duda, teme, y busca aún desde su enorme fragilidad, descubrir lo que está pasando, a ella y a ella en relación al mundo en que vive. No quise circunscribir el conflicto sólo a la problemática argentina.

Comparto con el personaje la cólera por las mentiras oficiales. La luz nocturna me encanta, y también iluminar aunque sea con una cerilla aquellas cosas que aceptamos como eternas o naturales, cuando no lo son. Hay un tango de Gardel que habla de una luciérnaga furiosa, quizás sea lo que el personaje y yo hemos compartido en ese viaje que es un libro.

AC: Durante toda la novela, Griselda sueña recurrentemente con un ciervo. ¿Qué significa? ¿Qué nos cuenta de Griselda o de lo que le rodea?

SR: Ya sabía Freud lo difícil que es explicar un sueño sin leer lo no dicho. La pausa o el silencio. Pero, quizás ese sueño sea lo más autobiográfico de esta novela. La masa espera en un bosque sin saber qué espera, ni adónde va. Y el orden se ha invertido, el "mundo" ha desaparecido y es un animal, el ciervo, quien hace de portero hacia otro posible o imposible orden. El tema del cazador y lo cazado, la animalidad y lo humano, se repite al final, en la vigilia, cuando ella se refiere a las liebres vestidas de cazador que vio en un pueblo de la sierra de Madrid. Y en la novela, la cacería está siempre presente.

AC: Uno de los aspectos que más nos ha llamado la atención es la prosa tan plástica del narrador, la capacidad para hacer que el lector visualice lo que está pasando en cada momento. ¿Cree que tiene que ver con su experiencia como dramaturga?

SR: Creo que la prosa es plástica, visual. Narrar es mostrar. Pienso en Kafka, en Chejov, en Cheever, en Faulkner, en Onetti, y en sus atmósferas, tan poco descriptivas y sin embargo tan visibles. La palabra tiene esa capacidad de hacer ver, de mostrar y de que el lector re-imagine. La palabra puede tener olor, color, textura, densidad, y esa es su gran capacidad. Pensamos -y sentimos- en imágenes.

No sé si lo que decís sobre la capacidad para hacer que el lector visualice tenga que ver con mi experiencia como dramaturga. Es posible. Pero también me he dedicado muchos años a las artes visuales, y ahora sigo dibujando, fotografiando, grabando y haciendo colages.

Nunca he separado el lenguaje escrito del lenguaje visual. Antes de dibujar o de pintar, leo, y cuando leo o escribo, imagino (construyo una imagen). Confío en la capacidad y en la inteligencia del lector, porque cuando leo me pasa lo mismo, reconstruyo, reescribo.

AC: Contraluz es una novela en la que intriga y la tensión no decaen en ningún momento, lo que lleva al lector a no querer separarse del libro hasta que haya encontrado algunas respuestas a las múltiples preguntas que plantea. ¿Es así como se crea el suspense de la novela?

SR: Es curioso, porque desde el comienzo de la novela se sabe quién mató a Jerónimo. No es una novela de enigma, el lector sabe más que los personajes, pero lo que interesa saber es el por qué del crimen, entre otras cosas que se van tejiendo a lo largo de la fábula. Las razones y las posibilidades de transformar una situación que se abre conuna muerte, -lo irreparable-, en otra cosa. Creo que ese proceso de la voluntad, del cambio, es lo que crea otro tipo de suspense.

AC: Sabemos que Roberto Bolaño es uno de sus autores preferidos, por su inventiva y su capacidad para manejar el lenguaje. Además de él y de Genet, cuya obra El Balcón aparece en distintos momentos de la historia, ¿qué influencias y referencias de otros escritores podemos encontrar en el libro?

SR: En el libro además de Genet, hablado y mezclado en la voz de Griselda, está muy presente Dostoievsky, en sus Memorias del subsuelo, un libro que me siempre me ha acompañado. Dostoievsky construye grandes voces, y es un maestro. Además, me refiero a Sófocles con su Antígona, una mujer enamorada que lucha contra el poder del Estado, y pierde. Utilizo también dentro de las voces que vamos escuchando, algún poema de Celan, de Baudelaire yde Porfirio Barba Jacob, tres poetas que forman parte de mi imaginario, de mi memoria y de mi vida.

Sin embargo, no lo hago a modo de citas, sino como necesidad y parte del carácter de los personajes. A mis alumnos siempre les digo que tal como nos pasa a nosotros, los personajes viven una vida también silenciosa donde piensan, sueñan, desean, leen, recuerdan versos o fragmentos de prosa, callan mientras caminan o su duchan, etc. Esa vida "silenciosa" ocupa casi el ochenta por ciento de nuestro día a día, y tiene un sentido importante. De tal forma que cuando hablamos, o habla el personaje, lo dicho, el diálogo directo, o el monólogo, cobran otra dimensión. Hablar es otro modo de actuar, pero no el único.

Y aquíes donde la narración y el teatro se separan. El personaje en teatro habla mucho más, debe mostrar de otra manera ese continente de silencio que influye y determina suaccionar. La novela nos permite una perspectiva múltiple, que es riquísima.

AC: Podríamos decir que la novela tiene dos finales, uno para la propia trama y otro en el que aparece un segundo narrador que nos habla, en primera persona, acerca de la situación actual de los personajes. ¿Por qué se decantó por este doble final?

SR: Tengo mis dudas. Siempre dudo. Quizás necesitaba cerrar el círculo, porque al comienzo Griselda piensa que nadie debería escribir una tesis doctoral sobre su padre, que es lo que Laura pretende. En cierta forma, Griselda tiene razón, y en ese segundo final, dejo abierta la posibilidad de que lo que Laura ha escrito sea esta novela, contraluz, y no una tesis académica.

Sólo pretendía hacer un pequeño homenaje a la literatura por su capacidad de dar cuenta de lo que nos sucede, emotivamente, y no sólo desde el leguaje académico o periodístico. La literatura en este sentido, incluye también lo documental, y es capaz de profundizar en el conocimiento de "la realidad".

 

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