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domingo, 19 de abril de 2015 - 09:52

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"Escribir un verso es siempre un ejercicio de heterodoxia"

De charla con Edgardo Dobry

ENTREVISTADOR:Marta Agudo - Hotel Kafka

Madrid 13 de marzo
"Escribir un verso es siempre un ejercicio de heterodoxia"

Edgardo Dobry

Edgardo Dobry (Rosario, Argentina, 1962, ) ha publicado Cinética (1999, en Buenos Aires y 2004, Madrid), El lago de los botes (2005) y Cosas (2008).


Para mí cada libro es un proyecto distinto


Un poeta es un ser hecho de recortes que no encajan


-Me gustaría empezar hablando de tu relación con el lenguaje. En Cosas (2008), pese a algunas excepciones, estás inmerso en un modo de expresión que desordena o desbarata el decir habitual, por el contrario en El lago de los botes (2005) la lengua es mucho más directa y evidente. ¿Qué valor le concedes en tu obra al decir cotidiano?

-Para mí cada libro es un proyecto distinto. Cuando uno termina un libro pone fin a una investigación, agota una forma: mal o bien ya está hecho y seguir por esa senda sería convertirla en manera, en oficio. Entiendo, en cambio, la poesía como una búsqueda o riesgo, porque creo que un artista debe hacer lo que todavía no sabe hacer, lo que aprende a hacer haciéndolo. El lago de los botes tenía un sesgo narrativo pues conformaba, en cierto modo, una suerte de relato autobiográfico, con una deliberada parte de humor (de humor judío, que es una cosa seria y no poco melancólica). En Cosas, en cambio, el movimiento es centrípeto, va hacia adentro del poema, intenta plegar o desplegar la palabra como una materia densa, que a veces fluye y a veces se agruma, como en algunas obras de arte contemporánea o, quizás, como en varias superpuestas (pienso, por ejemplo, en la escritura continua, autofagocitada, de un Pollock, y en las resinas rebosantes de un Tàpies). Si tuviera que resumirlo mucho diría que El lago... es un libro de paisajes y Cosas es un libro de pasajes. En un caso se trataría de escenarios -horizontales- y filiaciones -verticales- y en el otro de transiciones, de zonas intermedias entre amor y soledad, vivos y muertos, sentido y opacidad, día y sombra, yo y ya no yo.

-De acuerdo con la evolución entre estos dos libros, ¿puede decirse que cada vez pesa más sobre ti lo inmediato (por ejemplo, ese alrededor con sus nombres de calles y de autobuses que siempre se retrasan)?

-No sé si se puede decir eso, porque los nombres de calles y lugares están presentes en ambos libros, aunque tienen una intención más denotativa en El lago... En Cosas las referencias de tiempo o de lugar quieren dar un anclaje a una transposición de la experiencia que, de otro modo, podría resultar demasiado abstracta. Dicho de otro modo, me gustaba la idea de articular un cierto nivel de abstracción, pero a partir de elementos muy concretos, materiales. Por otra parte, la escritura de ese libro es contemporánea de la enfermedad y muerte de mi madre, y a ella va dedicado. No creo que pueda decirse que el libro trata de eso, pero de una manera casi involuntaria todo está atravesado por eso, así como el imán no crea las limaduras de hierro pero, puesto debajo del papel, puede hacer con ellas un dibujo al mismo tiempo azaroso y preciso.

"Luca se enjuga con una manopla al 50 por ciento de acrílico

la humedad que devenida no se sabe

si de fosa o lagrimal, mientras pasa el 16

que no nos sirve pero siempre

pasa antes pues el 17, al ser el nuestro,

viene en mucho retrasado"

(El lago de los botes)

-Al hilo de la pregunta anterior, pero desde un prisma más amplio: ¿Sirve la primera forma (la literatura) para filtrar la segunda (la realidad), si es que puede hablarse de ellas en términos absolutos?

-No creo que la literatura y la realidad sean ámbitos que netamente puedan acotarse y dividirse, no creo que, dada la realidad, uno pueda hacer literatura con ella. En la medida en que yo pueda autorizarme a hablar de mis propios poemas, creo que Cosas es un proyecto que intenta, precisamente, interrogar esa divisoria, esa frontera. Un poema puede reflejar un determinado orden de cosas, pero un poema es, en sí mismo, un orden de cosas. La cuestión está, en todo caso, en cómo eso que podríamos llamar "lo real" se cifra en el símbolo que propone el poema: de qué manera, por ejemplo, la oscuridad de una habitación y la alarma de un teléfono sonando en medio de la noche pueden representar, en la combustión de la lectura, el horror de la carne desnuda cárdena en el frío.

"Dormido como en el suelo

de un bote, danza de algas

debajo."

(Cosas)

-¿Cómo entender en tu poesía el "desahogo": en su sentido de necesidad de explicar algo o en un sentido más metafórico de los poemas como algo que transcurre bajo el agua de lo diario, una "danza de algas /debajo"?

-La noción de desahogo es aristotélica: remite al efecto higiénico, catártico de la tragedia. La tragedia tenía, para Aristóteles, un papel social, pedagógico. Pero la lírica trabaja en el susurro del diálogo entre dos. Como sabes, buena parte de la filosofía contemporánea se desarrolla en la incertidumbre acerca de si la palabra puede sacar a la luz algo sumergido o, por el contrario, sólo exhibe su propia emergencia. El poema saca de ese claroscuro su obstáculo mayor y su más alta intensidad. Cuando Montale ve el rastro de baba nacarada que deja un caracol en el suelo está leyendo una escritura de la naturaleza: paradójicamente, esa es, al mismo tiempo, su desesperación y su desahogo. El ahogo y el desahogo, una vez más, están en el mismo poema: son su respiración, es decir, su sintaxis. En cuanto a la metáfora, estamos ya del otro lado del espejo: hay un grado cero del tropo, pero su visibilidad se ha perdido. Eso no quiere decir que todo sea sobreabundancia; un poema, si vale algo, es como un capitoné a punto de estallar: el mero peso de la lectura lo somete a una tensión extrema.

-¿Qué papel juega la memoria en tu poesía?

-La memoria es un tapiz muy rico. El poema se hace robando un hilo de ese tejido, quitándolo con mucho tiento y extendiéndolo en la página. El primer encabalgamiento de la historia de la poesía -eso aparece en Cosas- lo hacen los bueyes de Jasón cuando aran el campo de Eetes.

-Un rasgo esencial en El lago... es el sentido del humor. ¿No tienes el reparo filológico de aplicarlo a los grandes nombres de la tradición literaria?

-La reverencia es una disciplina académica. Escribir un verso es siempre un ejercicio de heterodoxia. Yo admiro mucho a Rilke y, de hecho, intento copiarle algunos trucos. Por ejemplo, él obtiene cierto efecto de gravedad invirtiendo la cadena de la causa y el efecto: dice que son las campanadas las que fabrican las horas, y compara los doce golpes de un carillón con un racimo de uvas. Yo digo, en un poema de Cosas, que la gaviota es un sueño del aire -que, como tal, debe ser interpretado- y que sus alas están espolvoreadas de la ceniza del cielo nublado. O que la gaviota y el pez se anhelan a través de la película del agua (donde "película" quiere tener todos los sentidos posibles). Entonces me río de Rilke para despistar y para que no se vea enseguida que le copio tan mal, tan torpemente.

-¿Qué importancia ha tenido en tu obra el vivir en otro continente, haber tenido una educación judía o, en suma, haber protagonizado hechos que pueden promover la sensación de exilio personal? 

-La cuestión decisiva es la incompletad: no ser nada de eso enteramente y ser una suma parcial de todos esos suplementos. Suplementos literarios, en cierto modo, como los que usted puede leer en los diarios del sábado. Un poeta es un ser hecho de recortes que no encajan y su poema, si tiene un mínimo valor, sólo surge en la entrega más o menos ciega a esa inadecuación.

-En alguno de tus poemas que pueden entenderse como poéticas ("Hay que mojar la vista en este río, / dejarla secar en la memoria, / que el limo sedimente el verso- / entre los versos- no pensado"), se observa la importancia de lo irracional en el acto creativo. Sin embargo, en tu poesía esto no se percibe con claridad... ¿Podrías aclararlo?

-Es una pregunta muy pertinente y difícil de contestar. Digamos: el verso no pensado es el que viene dado, lo demás es construcción, esto ya ha sido dicho; pero el arte es siempre construcción; lo que viene dado es en cierto modo inhumano o sobrehumano, escapa a la voluntad y el arte es, en su emergencia y materialización, un ejercicio volitivo. El romanticismo introdujo fuertemente el elemento irracional en el poema, sobre todo con la exacerbación de lo onírico, y las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX lo volvieron el elemento predominante, central, del artefacto verbal. Nosotros estamos, en cierto modo, tratando de rearmar el camino que nos aparte del mero disparate. Gabriel Ferrater, un poeta al que admiro mucho, decía que un poema debe tener al menos el mismo nivel de sentido que una carta comercial. La palabra no puede ser promiscua, en su búsqueda de asociarse a distintos sentidos, si antes no está determinada por una significación. Ahora bien, los poemas de Ferrater son a veces de una visible opacidad, y en eso precisamente radica buena parte de su fascinación, en esa suerte de trompe l'œil de transparencia.

-¿Para cuándo tu próximo libro? ¿Has pensado en la posibilidad de publicar tus ensayos en una editorial española?

-Mis ensayos están publicados en una editorial argentina, Adriana Hidalgo, que tiene distribución en España, por tanto no tendría sentido duplicar su edición. Es una cuestión ecológica, diría. En cuanto a lo del próximo libro no puedo darte ninguna pista. No soy un poeta full time; cuando termino un libro rompo esa caña de pescar y nunca sé si algún día el destino volverá a ponerme otra en las manos. Ya bastante raro es despertarse cada mañana siendo Edgardo Dobry como para pretender que ese yo mismo sea, además, algo continuo, constante, un poeta por ejemplo.

"Mueca qué quiere decir

en la lengua aprendida

sin memoria. El dulce suero

en la arteria del padre,

¿la sonrisa hebraica acá presente,

y se apaga sin embargo?"

(Cosas)

"Una vez al año lo vaciaban

-pues de lo artificial se burla la Natura

tocando con su vara de hediondez y podredumbre.

Entonces se podía caminar

hasta la isla que había en medio

en un Éxodo apenas estorbado

por los abotargados vigilantes del parque.

 

Se iba allá a remar: era el lago de los botes."

(El lago de los botes)

 

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