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lunes, 06 de septiembre de 2010 - 07:42

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Crucero de otoño, finalista del Premio Primavera

"La Patty de Crucero de otoño ha dado lugar a miles de Pattys, tantas como lectores."

ENTREVISTADOR:Marta Agudo

Madrid 11 de febrero
Crucero de otoño, finalista del Premio Primavera

Luis del Val

(Zaragoza, 1944) Periodista y escritor. Es autor de los libros, 'Buenos días, señor ministro' (Premio de Novela Café Gijón, 1987), 'Las amigas imperfectas' (Premio Ateneo de Novela 2003) o 'Prietas las filas'.

Marta Agudo

(Madrid, 1971) Profesora del master de escritura creativa de Hotel Kafka. Ha publicado el libro de poemas Fragmento (2004). Ha sido incluida en la antología Poesía Pasión. Doce jóvenes poetas españoles, de Eduardo Moga (2004). Junto al poeta Carlos Jiménez Arribas publicó Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD, 2005).


Cuando comienzo una novela sé cómo empieza y sé cómo termina, pero no tengo exactamente definido lo que va a suceder por en medio


Estoy en un momento en que prefiero volver a los lugares en los que ya he estado que conocer sitios nuevos


M. A.: Con Crucero de otoño, finalista del Premio Primavera, el lector se encuentra ante una novela coral. ¿Cómo fue el proceso de creación: se fueron imponiendo ese conglomerado de personajes y luego la trama para engarzarlos o al revés, los iba necesitando para dar sentido a la trama?

 

L. DEL VAL: Los dos acontecimientos históricos más importantes ocurridos hacia el final del siglo XX y comienzos del siglo XXI han sido la caída del Muro de Berlín y el atentado a las Torres Gemelas. Curiosamente ambos sucesos ocurrieron sin que lo supieran los servicios secretos occidentales, a pesar de las ingentes cantidades de dinero que se destinan a esas organizaciones. Quería contar una historia que enlazara Europa y Estados Unidos, y que se aproximara a la etiología de lo ocurrido en los Balcanes, que no fue otra cosa que una derivación del dinero gastado por Estados Unidos al alimentar el huevo de la serpiente talibán en Afganistán. Los subvencionaban para que se debilitara la URSS, y, luego, los talibanes vinieron a Europa. Pero yo no quería hacer una pesada tesis de politólogo, sino una novela que fuera atrayente para el lector, y que tuviera los ingredientes necesarios para continuar su lectura hasta el final. Dadas sus características, por fuerza tenía que ser una novela con muchos personajes, aunque yo creo que el ex-espía y Patty son el nervio de la narración.

 

M. A.: En relación con la pregunta anterior, toda la novela la argumenta e hilvana un "yo" o narrador omnisciente. ¿Se lo pidió también el relato o fue algo pretendido desde un inicio?

 

L. DEL VAL: Cuando comienzo una novela sé cómo empieza y sé cómo termina, pero no tengo exactamente definido lo que va a suceder por en medio. Es como si preparara un viaje y supiera que partiré de Madrid a Nueva York, pero no tengo claro si marcharé en un vuelo directo, o iré a Frankfurt y de allí a Nueva York, o si cogeré el AVE hasta Barcelona, desde Barcelona subiré a un avión que me lleva a Londres, y allí el Concorde (ya está retirado) hasta mi lugar de destino. Sé lo suficiente para no perderme, pero no tanto que nada se pueda variar. No obstante, antes de comenzar, ya sabía que ninguno de los personajes podía conocer todo lo que estaba ocurriendo, así que necesitaba la tercera persona, que permite libertades impensables respecto a una narración en primera persona. Además, yo acababa de salir de un monólogo teatral -Los caballos cojos no trotan- y necesitaba la libertad de no encerrarme en un solo punto de vista.

 

M. A.: Caigamos en la pregunta tópica: ¿qué hay de autobiográfico en el libro: quizás el dibujo y, por tanto, su recuerdo de las ciudades? ¿Son los personajes correlatos que ha conocido de cerca o nacen de su imaginación, que, por otra parte, también es una forma de "vivirlos"?

 

L. DEL VAL: Decía Vázquez Montalbán que todas las novelas son autobiográficas, lo que ocurre es que, en ocasiones, ni siquiera el propio autor distingue lo que es biográfico de lo que no lo es. Un hecho objetivo es que, en compañía de unos amigos, y durante siete años, hemos viajado en barco por el Mediterráneo hacia el final de la primavera. Conozco las ciudades de las que hablo. Mi anterior novela, Volveremos a Venecia, está situada en ese lugar irrepetible, que creo conocer bastante bien. Eso me produce soltura y confianza. Por otra parte, si sale un restaurante de Boston y describo la decoración o el menú, le aseguro que no me lo invento.

En cuanto a los personajes, yo creo que son inventados, pero los autores no nos inventamos nada, porque lo que hacemos es mezclar caracteres y características a partir de arquetipos establecidos. Además, usted sabe muy bien que resulta de todo punto imposible escribir sin observar. El autor, por esencia, es una persona obsesiva que de manera consciente o inconsciente mira a su alrededor y cataloga, clasifica y archiva. Si lo que quiere saber es si he tratado a algún agente secreto, la respuesta es sí…, pero Michael no se parece a ningún agente que haya conocido.

 

M. A..:En Crucero de otoño la presencia del amor y del sexo son frecuentes. ¿Qué es lo que le atrae de narrar las relaciones de pareja, quizá la dificultad que entrañan?

 

L. DEL VAL: El amor platónico es verosímil antes de la pubescencia. A partir de ahí, incluso en la senectud, creo que va inexorablemente unido al sexo. Y, aunque nos vestimos, y componemos sinfonías, y hemos aprendido a leer (históricamente hace poco tiempo), somos unos seres en los que el instinto más importante y vehemente es el de la reproducción, mucho más que el de conservación. Lo mismo que el resto de seres vivos, desde la bacteria a la ballena. Ese instinto lo podemos sublimar, dedicarle el 14 de febrero, ponerle música y literatura, pero está ahí, y tira, y aboca, y estimula y desespera o ilusiona. El amor es siempre igual y siempre diferente. Cuando una mujer se enamora no hace lo mismo que millones de mujeres, no, cuando ella se enamora es la primera vez en la historia del mundo que ocurre eso. Y lo mismo podríamos decir del hombre. Además, nos atraemos por la misma razón que llegamos a detestarnos: por lo diferentes que somos. Y eso no se arregla con un decreto, de la misma manera que no hay ley que pueda determinar que el hombre produzca más testosterona que la mujer o que la mujer produzca fundamentalmente progesterona. Esto significa que las relaciones entre el hombre y la mujer poseen todas las posibilidades dramáticas y trágicas. Medea, por herir a su marido, Jasón, llega al extremo inverosímil de matar a sus propios hijos. Eso sería imposible de asimilar por motivos decodicia oambición.

M. A.: Entre dichas relaciones a mí me ha llamado la atención la de Richard y María. ¿Puede añadir algo más, están inspirados su desarrollo y detalles en hechos inicialmente "verídicos"?

L. DEL VAL: No, de una manera consciente, pero por motivos profesionales y periodísticos conozco algo el negocio del espectáculo en general y el de la música en particular. El azar, la casualidad, es un factor bastante más decisivo de lo que puede parecer a primera vista. Ello hace que gente con talento se quede en la mediocridad, y que otros individuos, con no demasiada creatividad, alcancen el éxito. También es normal que los mediocres se crean llenos de talento, lo que supone frustración y melancolía. Me he encontrado muchas veces con Richard y María. Antes, cuando existían las salas de fiesta, los podías ver en las boîtes de París, en los cabarets de Amsterdam, en los tugurios de Hamburgo o en las salas alternativas de Nueva York.

Pero no se trata de algo exclusivo de la música. Ocurre también en el fútbol, por ejemplo. Una vez me dijo Butragueño que la clave para que un buen jugador alcance el estrellato se decide en un par de años. Si tiene suerte, alcanzará la gloria; si no tiene suerte será un excelente jugador de Segunda o de Tercera División.

 

M. A.: ¿Por qué el "barco" como "continente" de toda la novela?

 

L. DEL VAL: Por un lado, el viaje es una consabida metáfora de la vida. Por otro, gentes de procedencia tan diferente y ocupaciones tan distintas era muy difícil que pudieran coincidir en otro lugar que no fuese un crucero. Estos grandes paquebotes, con cerca de tres mil pasajeros y casi dos mil tripulantes, son como un pueblo flotante y poseen las mismas variaciones sociales que existen tierra adentro: hay clientes y empleados, y entre aquéllos y éstos distintos estratos, que vendrían a representar dichas clases sociales. No es lo mismo ocupar una suite con terraza que alojarte en un camarote interior. Tampoco es igual ser pinche en la cocina que sobrecargo. Ese cosmos permite establecer referencias muy sencillas que en otro ambiente podrían pasar inadvertidas.

 

M.A.: Me ha parecido un gran acierto usar el recurso de recoger al final el principio de la novela, lo que da una idea de repetición infinita de cualquier tipo de itinerario. ¿Siente que todas las vivencias y circunstancias que pueden producirse en un viaje son repetitivas, que las vivimos con pequeñas variaciones entre unos y otros, y de ahí esa recuperación final del inicio?

 

L. DEL VAL: Cuando hacemos un viaje, llevamos a cabo tres: el viaje que preparamos, el viaje que hacemos y el viaje que recordamos. La preparación es la parte más "ilusionante". Todas las expectativas son posibles y tenemos la esperanza de que la mayoría de ellas se cumplan. El viaje real casi nunca responde a las expectativas, y no porque hayamos pecado de ingenuos o porque hayamos creído en entelequias, sino porque la realidad pocas veces se parece a nuestros sueños. Luego, por fin, está el viaje que recordamos, que mejora bastante, porque se olvidan los desencantos y las satisfacciones se convierten en pequeñas leyendas.

Los viajes nunca son iguales. Si Heráclito decía que nadie se puede volver a bañar en el mismo río podríamos parafrasearlo diciendo que nadie puede hacer el mismo viaje.

Estoy en un momento en que prefiero volver a los lugares en los que ya he estado que conocer sitios nuevos. Pues bien, cualquier intento de rememoración es vano y avecinda con el fracaso. Es algo así como volver a los lugares de la infancia. Lo que nos parecía bello es vulgar, lo que recordábamos amplio y espacioso es pequeño y estrecho. Pero también puede ocurrir lo contrario, que una mala experiencia anterior por la compañía, la estación o el cambio que se ha operado en nosotros mismos se transforme en una vivencia positiva.

 

 

M. A.: Se percibe a lo largo de la novela un gusto por el lenguaje policial, que le permite, a su vez, recopilar al final todas las historias disgregadas a lo largo del libro? ¿Aspiraba a crear una obra "cerrada"?

 

L. DEL VAL: Es curioso, porque a mí me gustan los finales abiertos. Por otra parte, excepto cuando se produce la muerte del personaje, considero que todos los finales lo son. Cuando en esas novelas del XIX los protagonistas se casaban en el último capítulo, a mí no me costaba suponer que, al día siguiente, comenzaba otra etapa en sus vidas.

En cuanto a alguna forma del lenguaje a la que usted alude han sido por coherencia con Michael, el español que trabajó para los servicios secretos estadounidenses.

M. A.: ¿Hasta qué punto concede importancia al fondo de la caída de las Torres Gemelas? ¿Por qué esa alusión, por lo espectacular, por lo actual…?

L. DEL VAL: Creo que hemos hecho referencia a esto al principio. Aquello supuso un giro de la Historia y el fracaso de los servicios secretos. Sin embargo, más grave aún fue el ataque al Pentágono, un suceso que ha quedado en segundo plano, pero que a mí me parece más terrible todavía. El ex-agente secreto no está convencido de para qué ha servido su trabajo. Lo sabía cuando le reclutaron en Inglaterra, pero duda cuando ya se ha retirado. Y se le saca de su retiro precisamente a raíz de las nuevas estrategias que el atentado supone. A pesar de todo, como si nada hubiera cambiado, el dinero y la política continúan con sus alianzas, aunque el dinero proceda de negocios poco nobles como la droga y la venta de armas.

 

M. A.: ¿Es consciente de que Crucero de otoño es una novela perfecta para llevarse a la gran pantalla?

 

L. DEL VAL: Sí, me lo han comentado algunos lectores en las ferias del libro, pero no me di cuenta mientras lo escribía. Soy algo cinéfilo, y el cine ha influido en la literatura tanto como los spots de televisión han influido en el cine, pero son lenguajes diferentes. Yo necesito tres páginas para trasladarle al lector la emoción de un personaje. Eso en el cine se resuelve con el plano corto de una mirada. La estética del cine es la visualidad y tiene otros trucos. Para darle ambiente dramático a los exteriores nocturnos suelen mojar la calle, porque la visión de una calle mojada, de noche, nos incita a pensar en lo calamitoso, en la fragilidad. Un escritor ha de manejar la palabra para suscitar sentimientos. La película es la película y la novela es la novela. Recuerdo un viejo chiste donde dos cabras se están comiendo el celuloide de Lo que el viento se llevó y le comenta una cabra a la otra: "A mí me gustó más la novela". Esas comparaciones son siempre odiosas y vienen a ser algo así como equiparar un postre con un asado o una fruta con una sopa. No hace mucho Garci ha hecho una estupenda recreación de Galdós en su última película, y a mí la película me ha gustado, pero no es una novela de Galdós, y la comparación sería tan absurda como discutir qué es mejor, si el bacalao al pilpil o las chuletas a la brasa.

El lector de la novela se imagina a la heroína según su sensibilidad, sus preferencias, su imaginación y hasta su experiencia. La Patty de Crucero de otoño ha dado lugar a miles de Pattys, tantas como lectores. Si se produjese una película, Patty tendría sólo el rostro y la expresión de la actriz que la interpretara. Por eso mucha gente cuando le ha gustado un libro y se realiza sobre él una versión cinematográfica acostumbra a mostrarse receloso, porque sabe que su imaginación va a ser sustituida por el reparto.

 

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