Desarraigo, nostalgia y amor en una de las mejores novelas cortas de Antón Chéjov, editada ahora por Editorial Rey Lear.
Guillermo Aguirre
04/03/2008
Pocas novelas de una extensión tan breve como El reino de las mujeres de Antón Chéjov (Rusia, 1860, Alemania, 1904) logran construir un personaje tan complejo y profundo como Anna Akimovna y consiguen profundizar de tal manera en un sentimiento -la no pertenencia, el estar fuera de lugar- dejando además al final una sensación de turbación no exenta de ironía que cuestiona todo lo leído y el sentido principal del libro.
El reino de las mujeres es la narración de la víspera y del día de Navidad en la casa de Anna Akimovna, una muchacha dueña de una fábrica en la Rusia de finales del XIX y a la que la aparente contradicción entre su origen humilde y su educación de señorita le lleva a replantearse en estas fechas su lugar en el mundo. Contrariada y confusa, Anna camina como un fantasma, indistintamente, entre banqueros, abogados y los propios obreros de la fábrica, sin pertenecer a ninguna de las dos clases, aunque, de algún modo especial y quizá por eso mismo, brillando mucho más que cualquiera de los que la acompañan. Solo su tía, una compensación burda al espíritu doloroso y lánguido de Anna, parecerá brillar también a lo largo del relato como el lado oscuro del personaje central; nuestra querida señorita que repartirá dinero entre los unos y los otros, pobres y ricos.
Este estado de no pertenencia lleva a Anna -una mujer que parece casi la conciencia de un siglo- a fijarse en un obrero, en el que cree poder materializar sus deseos de amor y de felicidad. El ruido, la cena y el brillo de las fechas no hacen sino alimentar este amor que solo se da en la cabeza de Anna, una Anna que sufre mientras sonríe en la mesa de su casa junto a los invitados de categoría.
Hasta aquí uno diría que es un relato de desarraigo, con un espíritu individual y sensible, Anna, que nada puede hacer por pertenecer a alguna de las dos clases sociales que la rodean, un relato doloroso e inquieto, escrito con la limpia maestría y modernidad del maestro ruso, pero El reino de las mujeres desconcierta al final -truco que dominaba a la perfección Maupassant, coetáneo de Chéjov al que éste hace un guiño en la novela, en boca de uno de los personajes-, sorprende cuando pasadas las doce de la noche del día de Navidad -esa fecha dada a la melancolía, los buenos sentimientos y el amor- Anna, junto a su sirvienta, ríe y llora mientras declama -en referencia a su amor oculto-: "Somos tontas. ¡Qué tontas somos!". El lector, entonces, cae en la cuenta de que solo conoce a Anna en estos dos relevantes días, que poco sabe de su vida más allá de este episodio pasajero, de forma que es lícito preguntarse: ¿No habrá sido todo este desarraigo, nostalgia y amor una misma fantasía, un simple cuento navideño? Solo la lectura y relectura que merece este libro podrá resolver esta pregunta. En sus manos queda el empeño y el deseo de contestarla.
Antón Chéjov, autor de El reino de las mujeres
"Antón Chéjov logra construir un personaje complejo y profundo, dejando además al final una sensación de turbación no exenta de ironía que cuestiona todo lo leído y el sentido principal del libro"