Susan Sontag indaga sobre el valor simbólico de nuestra debilidad.
"La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar".
Con este brillante párrafo comienza Susan Sontag su revelador ensayo La enfermedad y sus metáforas, continuado once años después con El sida y sus metáforas, y que Random House Mondadori ("de Bolsillo") ofrece ahora de manera conjunta con traducción de Mario Muchnik.
Desde un inicio la autora neoyorquina deja claro que su intención no es analizar cada enfermedad en sí: su proceso evolutivo, posible cura, etc., sino "el uso que de ella se hace como figura o metáfora". Como aclara más tarde cualquier realidad está sometida a nuestra "interpretación" y en ese proceso de conocimiento la impronta significativa que se asocia a cada dolencia influye de manera decisiva en el "paciente".
En el primer ensayo los "males" tratados son la tuberculosis y el cáncer como polos opuestos en lo que a su metaforización se refiere y como depositarias de una capacidad singular de generar patrones de relación entre el individuo y el resto de la sociedad. La primera llegó a configurar toda una estética: todos recordamos a las damas idealizadas de fines del XIX e inicios del XX blancas y lánguidas afectadas por dolencias amorosas, melancólicas, cuyo proceso de "romantización (...) constituye el primer ejemplo ampliamente difundido de esa actividad particularmente moderna que es la promoción del propio yo como imagen", especula con agudeza Sontag. Frente a la consideración idealizada de la tuberculosis, el cáncer ha echado mano de la terminología militar ("invasión", "colonizar") y se ha vinculado a conceptos como la represión de los sentimientos, lo que ha supuesto que haya recibido un tratamiento tabú entre los propios afectados, que muchas veces eran los últimos en enterarse de lo que les sucedía.
Tras estas dos enfermedades se añade tiempo después un análisis similar con el sida, al cual se deben asociar las ideas de temor permanente, ya que uno mismo sin saberlo puede ser portador. Además de su abismal
difusión en África, el hecho de que haya afectado a un sector determinado de la sociedad, los homosexuales, ha generado sentimientos de "comunidad" por parte de quienes lo padecen, a la vez que un fuerte rechazo en pro de una sociedad sin "desviaciones" y cerrada a la inmigración. Esto último da pie a que Susan Sontag denuncie comportamientos discriminatorios en Estados Unidos para con los enfermos. El mundo metafórico al que apela el sida es al de la ciencia ficción, al de la informática (virus, "nuevas copias de sí mismo") y puede traducirse en un proceso de fortalecimiento de "la cultura del interés propio, que en buena parte suele pasar por "individualismo". El interés propio recibe ahora un nuevo aliento, como si se tratase de un gesto de simple prudencia".
En suma, estamos ante un apasionante libro bipartito del que no he podido evitar reproducir literalmente numerosos fragmentos a fin de que el lector se "contagie" y se adentre en esta marejada de constantes reflexiones, gracias a las cuales se entiende mejor la dinámica social que subyace tras ese "lado nocturno de la vida".
Susan Sontag, por Annie Leibovitz
"La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara"