Retomar el matrimonio como tema principal en una novela suena, a priori, a suicidio literario. Para hablar de la unión conyugal ya teníamos a Jane Austen y, ahora que
Orgullo y Prejuicio cumple 200 años ocupando un lugar en la estantería sin que nunca haya llegado a acumular demasiado polvo, resulta un atrevimiento robarle atención a la terca Elizabeth Bennet.
La propia Austen hacía referencia a la imaginación de la mujer y a su rapidez para pasar de la admiración al amor, y de ahí al matrimonio. Pero no es una tarea sencilla trasladar aquellas historias, que empezaban o acababan en boda, a un primer mundo en el que encontrar un marido ha dejado de ser un objetivo claro y definido.
Estamos en la era de la mujer independiente, en la que no es necesario encontrar un "buen partido" por no tener acceso a una herencia y en la que declinar una propuesta de matrimonio no supone un trauma familiar de dimensiones estigmáticas. ¿Es entonces posible escribir una gran historia que rescate la esencia de la novela decimonónica, pero en la que los personajes se vean tan retratados como se veían en el siglo XIX? Jeffrey Eugenides ha sido valiente y ha apostado por ello. Después de dos novelas en las que ha demostrado tener un excelente ojo para retratar a mujeres adolescentes y traumatizadas nos presenta a su Lizzie particular: Madeleine, una veinteañera universitaria en los Estados Unidos de los 80, capaz de encontrar similitudes entre todas sus relaciones y El discurso amoroso de Barthes. Además, en el intento de ser fiel al clásico sin dejar de reflejar las relaciones actuales, Eugenides cuenta con el permiso de matricular en el mismo campus a Leonard (atormentado y atractivo) y a Mitchel (apocado y atormentado con Dios), y presentarles a Madeleine para entretejer con sus actos y pensamientos su propia trama nupcial. Lo que deriva a partir de este encuentro, como pasa con las comedias románticas made in Hollywood, es predecible para el lector, aunque (y aquí no puede faltar el gerundio "afortunadamente") no todo es tan evidente. Porque el experimento de Eugenides trata de mutar lo establecido en un nuevo argumento,con reacciones y consecuencias diferentes. No son válidos una Elizabeth y un Darcy sin oficio ni beneficio ni trauma inconfesable hasta la mitad del libro. Tampoco queremos un entorno social y familiar que ahogue a los amantes, ni a una Jane Eyre proclamando en primera persona aquello de "y me casé con él, lector." Lo dicho: para eso ya tenemos a otros. Hay que admitir que el resultado es redondo, con sonrisa reservada para la última página, que no se trata de una simple novela romántica porque el genio del autor sabe imponerse y que, si ha sido posible llevar a cabo la idea es porque, a pesar de que ya no es casi ley encontrar marido, nunca faltará una romántica incorregible que siga soñando con Su Gran Día. Eugenides anunció recientemente que trabaja en la adaptación de La trama nupcial al cine. Sólo esperemos que no escojan a una actriz tipo Jennifer Aniston o Kate Hudson y den al traste con nuestra defensa.